
Se levanta sobre el pedal oxidado como quien sube por una escalera, mira al cielo con la cara contraída por el esfuerzo y deja que el peso de su cuerpo le ayude a bajar lentamente. Un descenso de solo unos centímetros pero que parece ser el último. Justo después de morir con las piernas rotas por el esfuerzo, resucita, cambia el peso a la otra cadera y trepa al pedal contrario como si fuese una escalera...
Asia está lleno de conductores de rickshaw y todos son iguales; pobres, sucios y resignados. Bajo las ropas viejas se pueden intuir unos huesos cubiertos tan solo por una gruesa capa de piel que parece un pergamino seco y crujiente.
Los admiro y les tengo lástima a partes iguales. El conductor de rickshaw es lo más parecido a un animal de carga que he visto y aún así, gracias a ese artilugio oxidado, mugriento y ecológico, gana cada día lo suficiente para llevase un trozo de pan a la boca.
























