jueves, 6 de octubre de 2011

Conductor de Rickshaw. Old Delhi, verano 2011

Se levanta sobre el pedal oxidado como quien sube por una escalera, mira al cielo con la cara contraída por el esfuerzo y deja que el peso de su cuerpo le ayude a bajar lentamente. Un descenso de solo unos centímetros pero que parece ser el último. Justo después de morir con las piernas rotas por el esfuerzo, resucita, cambia el peso a la otra cadera y trepa al pedal contrario como si fuese una escalera...

Asia está lleno de conductores de rickshaw y todos son iguales; pobres, sucios y resignados. Bajo las ropas viejas se pueden intuir unos huesos cubiertos tan solo por una gruesa capa de piel que parece un pergamino seco y crujiente.

Los admiro y les tengo lástima a partes iguales. El conductor de rickshaw es lo más parecido a un animal de carga que he visto y aún así, gracias a ese artilugio oxidado, mugriento y ecológico, gana cada día lo suficiente para llevase un trozo de pan a la boca.

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